El Cuadro
— Esta
casa perteneció a una familia muy poderosa -Con voz pausada explicaba el viejo
notario- Hoy mismo nos llamó a la notaria del pueblo una sobrina de la anterior
dueña, ella vive ahora en Europa, y está interesada en comprar el cuadro de su tía,
es un hermoso cuadro, es un retrato en óleo, una pintura que por error se
incluyó en la compra venta y que cuelga de la sala de la que hoy es su casa.
—¿Es
acaso un cuadro famoso? —preguntó José Arango, el nuevo dueño de la casa.
—No
lo es en absoluto señor, pero yo le prometí que ella recuperaría la pintura.
—Hizo
usted muy mal licenciado.
—Lo
sé, confié en que usted accedería gustoso.
—¿Por
qué habría de hacer eso?
—Ella
está dispuesta a pagar mucho por el cuadro.
—Eso
no sucederá, la casa la compre así, el cuadro es de la casa, la casa es mía, y el cuadro me pertenece.
El
notario, que era un hombre viejo y sabio, se despidió como gente educada que
era, antes de eso le reitero sus mas finas atenciones y dejó que el forastero
disfrutara de la que ahora era su casa.
Por
la noche José Arango, quien había llegado apenas de un largo viaje se decidió a
descansar. Habían dispuesto toda una semana antes para que él tomara posesión
de la casa. Así que todo estaba listo y arreglado como él lo solicitó. Una vez
en su habitación se recostó y quedó profundamente dormido. Un fuerte ruido lo
despertó. Miró el reloj. Eran las tres de la mañana. Sería sólo un sueño quiso
pensar. Un segundo ruido se escuchó ahora más claro. Venía de la sala. Se
levantó y se apresuró a alcanzar la puerta. Se cercioró de que estuviera bien
cerrada. Puso el cerrojo y regresó a su cama, del buró sacó una pistola y se
aseguró que estuviera cargada. Se recostó un minuto. Pudo sentir en su pecho
que su corazón latía con mucha fuerza. Pensó en encender la luz, pero
seguramente eso pondría en alerta a los ladrones que seguramente habían entrado
a la casa, pensando que esta seguía sin habitarse. Con la poca luz que había se
le ocurrió una buena idea. Haría ruido con algo para asustar a los ladrones.
Buscó en el buró y encontró una bolsa de algo que parecía un montón de canicas.
La tomó y con cuidado de no hacer ruido salió de
la habitación. Al llegar a las escaleras abrió la bolsa de canicas y dejó que
estas rodaran escaleras abajo, el ruido de las canicas inundó toda la casa. Era
tal el sonido que nadie sabría de donde procedía. Quedo un momento en silencio.
Seguramente al escuchar el ruido los ladrones habían huido.
Se
aventuró a bajar las escaleras. Era necesario averiguar lo que había sucedido. También hacer un recuento de lo robado.
Bajó despacio sujetando su pistola. Ya en la
sala pudo ver lo que había ocurrido. Era el cuadro. El enorme cuadro de la
mujer pintado sobre la sala había caído con todo y marco, causando el terrible
ruido. Más tranquilo y relajado comenzó a reír. Dejó en la mesa la pistola y se
fue caminando escaleras arriba. Sin darse cuenta y por descuido, poco antes de
alcanzar la planta alta de la casa piso un montón de canicas, trastabilló y cayó
por las escaleras.
Al
otro día, lo encontraron ahí los vecinos, mandaron a llamar al alguacil del
pueblo y este al notario. José Arango estaba tendido en el suelo, una pequeña
mancha de sangre corría por detrás de su cabeza.
— ¿Usted
qué opina señor notario?, le pregunto el alguacil.
— Que
¿qué opino? Pues pienso que ahora si se podrá vender el cuadro.
Comentarios
Publicar un comentario