La secta


La secta
Me considero intelectual, a veces inteligente. Con ideas diferentes. Por ejemplo creo que las drogas deberían ser permitidas. He llegado a tener problemas por eso. Tiendo al sarcasmo. Tengo problemas para hacer nuevos amigos, y cuando lo logro muchas veces no son los amigos adecuados. Desde niño me juntaba con los peor portados. Los que pasaban horas en la oficina del director. Los que no respetaban las reglas, los que traíamos el pelo largo, fumábamos en los baños y escuchábamos música a todo volumen en una grabadora Sayo con ocho pilas allá por los ochentas.
Siempre he sido un miedoso. Me imagino siendo el héroe de una película, salvando al planeta. Rescatando un cargamento de uranio. Volando un avión de combate evitando una catástrofe.  A veces creo que lo podría hacer. Como cuando me enrole en esa secta secreta. Javier, mi amigo y compañero de trabajo hablaban con Héctor en el baño. Te digo que el sábado serán las votaciones. Silencio, dijo Héctor al verme. Los muy cabrones estaban en una secta secreta y no me habían dicho nada. Eso fue el lunes, pasaron los días hasta que llego el sábado. Sin más fui al cubículo de Javier y le dije. Quiero entrar. Me miro como lelo. Pero, quien te dijo, ¿Héctor? Si, él me dijo. Mentí. Javier me miro. Yo no puedo hacer nada. Debes hablar con Héctor, él es el superintendente. Me fui al cubículo de Héctor. Superintendente dije. Estos ojetes tenían puestos, y no me habían dicho. Llegue a su cubículo. Héctor, le dije. Quiero entrar. Me miro. Ya te dijo el cabrón de Javier ¿verdad? Si, él me dijo, mentí nuevamente. Está bien. Anoto algo en un papel. No lo leas hasta que salgas de trabajar. Me fui a mi lugar. De inmediato leí lo que el papel decía. Madero 122 a las once.
Pase la tarde pensando en la secta. Como era posible que esa secta existiera y yo no me hubiera enterado. Sería una secta religiosa. Algún sitio extraño de culto. Alguna secta nazi. Dieron las diez y tome un taxi. Madero 122 le dije al taxista. Poco antes de llegar le dije. Déjeme en la esquina. Pague el taxi y descendí. Una pequeña luz azul iluminaba la única puerta negra de Madero 222. Una imagen de un gato en la puerta. Sentí escalofríos. Quizá era un sitio donde la gente hace algún ritual, danzan, beben, se drogan y alguien pierde el conocimiento, la vida, pensé. Estaba sudando. Sentí los zapatos flojos, me agache a amarrar mis agujetas. Desde la esquina vi que un tipo abrió la puerta. Se asomó en ambos lados de la calle. No vio a nadie y se dispuso a cerrar. En ese momento me vio. Salió de inmediato. El tipo se empezó a aproximar a mí. Di media vuelta y empecé a correr. El tipo me gritaba algo que yo no entendía. Parecía alemán. Corrí hasta llegar al Jardín Velasco. Jadeando tome un taxi de sitio. Pedí que me llevara a mi casa. Pase una noche terrible atacado por mis miedos.
El lunes por la mañana y en la oficina entre al baño. Héctor y Javier discutían algo. Al entrar no se detuvieron. Hablaban de la secta. Orine. Salí sin lavarme las manos. Que cabrones, ni siquiera ocultan que están en una secta.

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