El Yogui
Entonces
te decía, me separé de mi ex, me fui a rentar a mi departamento, una recamara,
baño, cocina, lo que yo necesito. Ya no podría regresar a vivir con mis padres,
estoy delgada, buen cuerpo, no me explico porque no tengo novio, entonces heme
aquí a mis treinta y cinco con un mini departamento rentado, recién separada y
endeudada con la tarjeta. Me sentía deprimida. Me recomendaron ir al yoga. El
instructor era un hindú de sesenta años, hablaba pésimo el español, de cuerpo esquelético.
Siempre vestía con una túnica, unas sandalias mugrosas y en su mano, que seguramente
nunca se lavaba, traía semillas de ajonjolí y ciruelas deshidratadas.
Ahí conocí a una amiga. Tenía su cuerpo lleno
de tatuajes y creo que nunca se lavaba el pelo. Por alguna razón me inspiro
confianza, le conté que me sentía muy deprimida y sola, me dijo que me fuera a
vivir a la Comuna, que era una casa vieja donde estaban ocho mujeres, y el
Yogui, que hacían meditación y ejercicios de Yoga. Así que le pedimos permiso
al Yogui y el siguiente sábado ya me estaba yo mudando a la Comuna.
En la
Comuna terminaron mis problemas, deje de sentirme sola y se me fue la
depresión. A diario nos levantábamos a las cinco de la mañana, no había agua
caliente y muchas no se bañaban, al principio yo si lo hacía, después deje de
hacerlo. Hacíamos yoga a las seis de la mañana y a las seis de la tarde, y
meditación antes de dormir. Había dos literas, las ocupaban la supervisora y la
ayudante del Yogui, las demás debíamos dormir en el suelo. Éramos vegetarianos
pro fuerza y toda nuestra dieta estaba a base de hierbas, lechuga y muchas
clases de semillas. La casa era una casona vieja, que debió tener mejores
tiempos, los muebles eran de refinado estilo, viejos y llenos de polvo. Nadie
hacia el aseo. Por la mañana yo me arreglaba y me iba a trabajar, por la tarde
regresaba y me ponía a ayudar en las tareas de la cocina para comer, pastas,
ravioles, ensalada, la comida no era mala, pero no podíamos comprar vino,
tampoco queso. Cuando cobre mi quincena me dijeron que debería dar la mitad a
la Comuna, así que les di la mitad de mi cheque, pero me encabroné cuando veía
que muchas de ellas no trabajaban. Lo peor era no comer carne, tampoco se podía
tomar alcohol, ni cigarros, yo me sentía con unas ganas tremendas de poderme fumar
al menos un cigarro.
El
siguiente sábado y muy de mañana le pedí permiso a la supervisora de ausentarme
un par de horas para ir con mi mama. Mentí. Debíamos reportar todas las
salidas, si salíamos a trabajar y si regresábamos. Se programaba una salida a
la semana para comprar víveres y para ello salía la supervisora y una de
nosotras, y si salíamos solas, debíamos reportarlo. Así que espere a que la
supervisora pidiera mi permiso. El Yogui no se encontraba, así que me dio el
permiso y me dijo que regresara antes de que el volviera. Salí y tome un taxi,
le pedí que me llevara afueras de la ciudad, pasamos aeropuerto y llegando al Centenario
le indique que ahí me dejara, pregunte cuanto era, me dijo que cien pesos, le
pagué y me apresuré a entrar en uno de los restaurantes que se encontraban a
orilla de carretera. Entre a uno que parecía elegante. Me recibió un mesero y
me condujo a una mesa. Me senté. ¿Qué va a ordenar? Quiero un filete, un New
York, le dije. ¿Qué termino? Bien cocido, le dije. También quiero un vaso, no
una botella de vino Concha Toro. Enseguida señorita. Me trajo el filete, bien
cocido, acompañado de papa y verduras. Yo hice a un lado las verduras y
disfrute del filete. Trajeron la botella de vino, me sirvieron una copa y me la
tomé de un sorbo, pedí que me sirvieran nuevamente y saboree el vino esta vez, sentí
como me relajaba todo el cuerpo. Al terminar pedí un postre, un flan
napolitano. En la Comuna estaba prohibido el azúcar, el café, el vino, el
queso, todo lo derivado de la leche, el yogurt, los embutidos, los tés
aromáticos, solo el de manzanilla y el de limón. Tampoco se podía fumar. Así
que en el restaurante pedí permiso de fumar pero el mesero me señalo una señal
de Área libre de humo de tabaco. Suspire. Al terminar levanté la cabeza y vi
que del otro lado del restaurante el Yogui estaba comiendo con su ayudante.
El Yogui,
que ya me había visto, le dijo algo a su ayudante, esta fue a mi mesa y me
pidió que los acompañara. Llegamos a la mesa y la ayudante se sentó. Ella
estaba comiendo una ensalada de brócoli con aceitunas acompañados de un vaso de
agua, permaneció en silencio y continúo comiendo. El Yogui tenía en una mano un
tenedor, con un cuchillo estaba cortando un filete de carne. Con una seña me
pidió que me sentara. Me sentí defraudada. No mames, meses sin comer carne, sin
beber vino y él estaba aquí comiendo y bebiendo media jarra de cerveza de
barril y disfrutando de ese filete de media libra. Llena de rabia solo atiné a
decir: ¿Porque? Porque lo necesitabas, me dijo. Yo empecé a llorar. No
entiendo, dije. El Yogui me explico: Siempre he pensado que la carne, el
alcohol y el azúcar son el origen de la ira en el ser humano.
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