Los supersabios



Los supersabios

Estaba en el patio cuando fui llamado por una de las asistentes del Director. Seguramente ya habían llegado los supersabios. Esa bola de sujetos sabelotodo que enfundados en sus sacos y corbatas presumían saber más que yo. Todo un experto. Tenía más de veinte años de experiencia, como era posible que esos jóvenes egresados de la universidad con sus títulos y sus doctorados supieran más. Cierto es que yo no tenía terminada la universidad, pero tenía la experiencia necesaria y había leído más libros que todos ellos juntos.

Uno de los guardias me dio acceso al edificio. Camine por un pasillo sin ventanas. Llegue a la sala de juntas y ahí estaban. Detestaba estas reuniones semanales. Era un desperdicio de tiempo estarlos escuchando, no ver ningún avance en ellos. Cada mes nos reuníamos. Los escuchaba porque así me lo sugería el director, que era muy amigo mío.

Había ocasiones que su discurso era tan aburrido que yo terminaba por quedarme dormido. Algunas ocasiones escuchaba algo que me recordaba algo remoto y lejano, pero en esas ocasiones, como en otras, una pastilla de pasiflorina me hacia olvidar ese pensamiento.

No era el mío el caso el tipo que consume pastillas. Pero en la institución había tantas. Al principio la asistente primero me las invitaba, hasta que casi se volvió casi una obligación. A veces eran tantas que las tomaba a diario.

En ocasiones aprovechaba y les pedía a los supersabios mi transferencia, pero eran tan burócratas que nunca me escuchaban. Lo veremos señor Patiño, como me decían, sin un respeto. Podrían decirme Licenciado Patiño, o doctor Patiño quizá. Nadie sin duda conocía mejor de fármacos y medicina que yo.

Debo decirles que mis múltiples estudios en el campo de los opiáceos me ha demostrado que de acuerdo a los tratados del célebre doctor alemán Malttus, fechado el 12 de noviembre del 1971 que la presencia de las enzimas de azúcar en la sangre ayuda a la asimilación indirecta de los residuos derivados del ácido alcalino. Hice una pausa, el grupo de supersabios me observaba detrás de una mesa de presidio, junto a ellos la asistente del director escuchaba atenta. Si tan solo supieran lo que yo sabía. Se darían cuenta que era inútil, que aunque pasaran veinte años más estudiando no aprenderían todo esto. Detuve mi discurso y me senté. Uno de los doctores me animo a continuar, rehusé a ello en definitiva.

En su lugar pedí papel y lápiz. La asistente se apuró en alcanzarme ambos. Escribí. Señor, si usted lee esto, debo decirle que no soy un especialista médico. Estoy secuestrado en esta institución de la que pido su ayuda para poder salir. No me permiten ejercer mis conocimientos y lo peor, no me dejan usar agujetas en mis zapatos. Tome este papel y guárdelo. Le estaré infinitamente agradecido. Tome la hoja, la doble y me acerque al doctor que me había animado a hablar. Le entregue la carta. 


En ese momento sentí un par de disparos. Eran balas de goma. Lleno de dolor caí al suelo. La asistente del director se acercó a mí, seguramente para auxiliarme y  ver lo que ocurría, tomo algo de su cinturón y me recetó una descarga eléctrica que me hizo saltar un metro desde el suelo. Uno de los doctores, indignado, tomó algo de su maletín, seguramente para ayudarme. Su rostro parecía molesto y podía ver que realmente quería poner fin a esta injusticia y a mi encierro. Al fin saco de ahí una pistola y sin pensarlo me disparo, eran dardos tranquilizantes. Así terminó a este episodio realmente bochornoso. Dando fin asi a una una visita de los supersabios.

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