Clases de piano

La cafetera empezó a silbar. Permíteme yo sirvo. Él se levantó y apago la estufa. Tomo la cafetera y vacío el agua caliente; primero en la taza de Ana, después en la de él. Déjame prepararte tu café, dijo. Le puso una cucharada de café y una de azúcar. Después se sirvió el, se puso una cucharada de café y dos de azúcar. Vacío agua caliente y todo se mezcló en un solo paso. ¿Crees que estoy tomando mucha azúcar? Déjame decirte que he tratado de tomar menos. Le acerco a ella su café. Pruébalo y si le falta azúcar me dices. Ella tenía la mirada perdida en la ventana. ¿Aún la extrañas?, le dijo. Creo que ya no la necesitábamos más, no crees. Ya no estés triste, estaremos mejor.
Mira. Encendió la radio. Que pasará que misterio habrá, puede ser ni la noche. Cantaba Rafael. Él se levantó. Hizo unos movimientos de baile. Casi de robot. Nunca he sido un buen bailarín, lo sé. ¿Qué dices? No es necesario que te levantes, sigue sentada. Y al despertar que mi vida será, puede ser ni la noche. Se escuchaba la radio. Ella lo observaba, con la mitad de la atención que ocupaba perdida en mirar por la ventana. Él se le acerco. Nunca había sido tan feliz, le dijo. La beso en la mejilla. Estas muy fría. Deberíamos quizá encender la calefacción. Camino y se perdió por el pasillo. Más tarde regreso con un calefactor eléctrico en sus manos. Lo puso en el suelo y lo conecto a la corriente. Ahora estarás mejor. Le coloco a ella una pequeña manta en sus piernas. Al hacerlo no pudo evitar mirar sus tobillos, eran de un blanco perfecto. Se sintió excitado. Que hermosa eres. Se agacho. Le quito una zapatilla. Le beso los pies. Sintió una erección. Perdón, dijo avergonzado. Le puso las zapatillas. Le acomodo la manta en sus pies.
Sé que tú la querías. ¿Qué dices? Bueno yo también, debo confesarlo, uno se acostumbra a las personas. Una cara bonita. No tanto como tú. Me gustaba que te hacia compañía. No te quedabas sola. ¿Qué dices?, ¿que no necesitas a nadie? Claro que necesitamos a la gente. No puedes estar sola aquí por ocho horas. ¿Qué te entretienes viendo la gente que pasa? Pues sí, uno se puede entretener en eso, pero solo por unas horas. ¿Sabes que me gustaría? A ver, adivina. Hizo una pausa. Claro que no. Me gustaría que aprendieras a tocar piano. Sería genial escucharte. ¿Cómo dices? Bailar. No, no soy bueno bailando. No más clases de baile. Tocaron a la puerta.
El abrió la puerta. Buen día. Hola, aquí es donde piden una maestra de piano. Sí, es aquí. Bueno, yo soy maestra de piano. Ella vestía un saco de terciopelo azul y un viejo sombrero, y en el sombrero una gran flor de girasol. Me llamo Violeta. Qué bonito nombre. Gracias. Pase. La maestra entro a la casa. Era un pequeño departamento en un edificio de los años cuarenta. De techos altos. Piso de madera. Una gran estancia dejaba ver un piano junto a la ventana, junto a él una pequeña mesa de desayuno donde Ana, la maniquí, permanecía sentada con la cabeza mirando hacia la ventana. Sera usted el alumno me supongo, dijo la maestra. No, es ella. ¿Se refiere a la maniquí? Dijo ella riendo. Sí, hay algún problema. Creo que no podre, será mejor que me vaya. Le ofrezco el doble, seiscientos pesos por la hora. No, dijo ella, imposible. Salió de la casa.
Pasaron unos minutos, el permaneció junto a la puerta. Pensativo. Tocaron de nuevo. Abrió. Soy yo de nuevo, la maestra. Dígame. Quiero aceptar su oferta, ¿será una hora semanal? Así es. Está bien, solo le digo mis reglas. Por favor. Yo enseño método profesional, con notas, no enseño lirico, si ustedes buscan un método lirico, no soy yo la maestra indicada. Buscamos método profesional con notas. Muy bien, nos estamos entendiendo. Segundo, nadie me debe interrumpir mientras doy mi clase, exijo silencio absoluto. Cuente usted con ello. Tercero. Vendré los jueves por la mañana, y siempre antes de las diez de la mañana, pido me tengan lista una taza con agua tibia. ¿Qué temperatura? Treinta grados está bien, por si necesito vocalizar. ¡Lalala! ¡lalala!, cantaba la maestra, la habanera, excelente melodía, dijo. Agua tibia, lo anotare. Y, por último, el pago deberá ser por adelantado. El saco su billetera y le alcanzo mil pesos. Tome, son seiscientos pesos de la primer clase y cuatrocientos para que prepare lo necesario. Está bien, tomo el dinero, traeré un cuaderno y lápices para que la alumna aprenda a escribir notas. Muy bien. Me despido. Un placer. Como se llama la alumna. Ana. Verónica volteo a ver al maniquí. Señorita Ana, hasta el jueves. Ana la escucho y no dijo nada. Aquí la esperamos maestra, au revoir, dijo el en perfecto francés. La maestra tomo su dinero y lo guardo en una vieja billetera, se acomodó su sombrero y se fue.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Acto tres, El Emperador

Los soldados del reino

La secta