Augusto y Eleonora

Augusto y Eleonora
Era mediodía. Eleonora despertó. ¿Qué hora es? Es temprano, respondió Augusto, quien tomó su almohada, cuidadosamente la colocó debajo de la espalda de ella. Por la ventana del avión podía verse el paisaje. Las colinas llenas de nieve, a lo lejos más montañas con manchones en verde y ocre y una luz que brillaba sobre ellas, parecían ser dibujadas por un caprichoso artista. Eleonora emitió un leve quejido, ¿Aun te duele? Preguntó Augusto. Un poco. Puedes tomar otra pastilla. ¿Aún tenemos? Si, recuerda que la señora del doce nos regaló una caja. Ella hizo un leve quejido, se incorporó un poco en su asiento. Estaban sentados en la fila catorce ¿Sabes porque no hay fila trece en los aviones?, dijo Augusto. ¿Por qué es de mala suerte? Ambos rieron. Oye, y ¿la señora del doce? No querrás saberlo, se tuvo que ir. Sí, que mal. Olía terrible. Ni lo digas. Ayer en la noche la sacaron. Hoy ya descansa. ¿Y nosotros?, ¿y yo? Nosotros aquí estaremos, vamos a llegar a Santiago, y de ahí iremos a la playa. Primero quiero ir a la iglesia. Sí, podemos ir primero a la iglesia. Sólo debes prometerme algo ¿Qué? Que cuidaras de tu salud. Sabes que siempre he sido enfermiza, es de familia, así somos los de Buenos Aires, si algo no nos cae, pues no nos cae. Lo sé. ¿Soy mucha preocupación para ti? No, porqué lo dices. Creo que soy una lata. No digas eso. Oye donde están todos. Han salido, están tomando el sol. Porque no cerraron la puerta, tengo frío. Augusto acomodó una manta en las piernas de Eleonora. ¿Así está mejor? preguntó. Sí, gracias. Augusto la besó en la mejilla. Ella se sonrojó. Debería arreglarme un poco. Al menos ponerme algo en el rostro, debo verme horrible. Eres hermosa. El tocó su rostro, sus delicados labios, su fina nariz, sus cabellos castaño claro; su piel de durazno, pálida quizá por la pérdida de sangre.
Por la cabina entró el capitán. Un hombre de tez morena. Habló: Es hora. Todos están allá afuera. Creo que no iré, contestó Augusto. Deben comer, ella está muy débil. No importa, me quedare con ella. ¿Hasta cuándo? Hasta que nos sintamos mejor. Sabes lo que pasara si empeora. Ni lo piense, eso no sucederá. El capitán miró por la ventana, la nieve se veía tan cerca, casi se podía tocar. Alguien ha logrado encender un radio. ¿Alguna noticia? Nada aún, parece que nadie nos estuviera buscando. ¿Acaso se han olvidado de nosotros? El capitán se quedó pensando. Hay algo de café si gustan venir, logramos hacer una fogata y el sol calienta algo. Recuerden que por la noche llega la tormenta. Volvió a salir, esta vez no por la puerta, sino por una ventana del avión. Augusto lo miró. Volteó a ver a Eleonora, quien ahora dormía.
El sol se ocultó. La oscuridad inundo todo. Mientras todos descansaban llegó la tormenta. El ruido del viento se detuvo poco antes de la medianoche. Entonces se escuchó un estruendo, un fuerte temblor estremeció la nave. Afuera, en la oscuridad las imágenes de la nieve y las montañas se movían en blanco y negro. Un fuerte alud de tierra, lodo y nieve se vino encima, entró por todas las ventanas y se tragó todo. Desapareció. Hubo una pausa. Un silencio. Empezó a nevar.
Amaneció. Era una mañana esplendida. La montaña estaba pintada de nieve. De la nave nada quedo. Augusto y Eleonora descansaban. En un sueño. Lejos ya. En Santiago, caminó a la playa.

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